
La mañana comenzó con la luz dorada de ese sol tan espléndido de Tahití sabe dar. Subimos al ferry con la promesa de Moorea flotando al fondo, una isla que parecía esculpida por los sueños de un dios tranquilo. El cruce fue breve, casi simbólico, como si bastara cerrar los ojos un instante para cambiar de mundo. Al llegar, Moorea e insinuó con montañas que se alzan como plegarias y bahías que abrazan sin preguntar.
Con Coralina Tours comenzamos la travesía hacia el corazón de la isla. Un cuatro por cuatro nos esperaba, dispuesto a trepar senderos invisibles y a sacudirnos del ritmo habitual. El camino subía, torcía, se abría entre selvas húmedas y laderas perfumadas de tierra mojada. Había algo en el verde, en la manera en que los helechos se desplegaban como abanicos antiguos, que pedía silencio.

En el mirador de Belvedere, la isla se extendía ante nosotros como una carta abierta. A un lado, la bahía de Cook; al otro, la bahía de Opunohu. Entre ellas, las montañas parecían conversar con el cielo, envueltas en una niebla suave que no era lluvia ni nube, sino un respiro suspendido.
Luego, los campos de piña. Uno espera junglas exóticas en la Polinesia, pero no un mar de espinas dulces que crecen abrazadas al suelo. El guía —con la calma que solo da el vivir en un paraíso— nos habló de cosechas, de paciencia, de cómo el fruto sabe cuándo es su momento. Caminamos entre hileras ordenadas con la sensación de estar dentro de una pintura en movimiento, donde todo lo que ocurre es natural y, sin embargo, milagroso.

Más tarde, en la bahía de Cook, bebimos agua de coco recién abierta. Ningún lujo del mundo supera ese gesto tan simple: el líquido frío corriendo por la garganta, la vista clavada en el horizonte, el cuerpo entregado al calor sin resistencia. Moorea, con su aire de isla sabida, parecía decirnos que todo lo esencial ya estaba aquí.
Fue solo un día, pero cada instante fue magia pura. El regreso en ferry fue tan suave como la ida, con el alma aún anclada allá, entre montañas verdes, caminos de tierra roja y un mar de un millón de colores. La Polinesia Francesa tiene un ritmo único. Todo en ella —desde la curva suave de las palmeras hasta el vaivén del mar turquesa— parece moverse al compás de una melodía invisible que invita a ralentizarlo todo.
