Aventura, lujo y sabor en Victoria

El cielo era de un azul limpio, generoso, casi transparente, como si el Pacífico hubiera decidido reflejarse hacia arriba en un gesto de armonía perfecta. Así comenzó la travesía, al abordar aquel pequeño seaplane que parecía más un ave de alma antigua que una máquina moderna. Desde Vancouver, la ciudad se fue alejando con elegancia, sus edificios reducidos a siluetas tímidas sobre un lienzo infinito.

Volar en el seaplane implica suspenderse entre dos mundos, entre el rumor del agua abajo y la vastedad del cielo arriba. El sonido de las hélices era una especie de arrullo, y el aire, ese aire fresco del oeste canadiense, entraba por las ventanas como una promesa. Al llegar, el hidroavión no aterrizó: flotó. Se deslizó sobre la bahía de Victoria con la suavidad de un poema, y de pronto la ciudad emergió, serena, rodeada de flores y tejados antiguos, como una historia que apenas comienza.

En mi aventura por Victoria o que siguió fue otra forma de vuelo, esta vez sobre el mapa del sabor. En este exquisito destino, caminar puede ser también saborear, y esa noche me entregué a Taste the City, un recorrido culinario que convirtió las aceras en caminos hacia otras culturas. El paseo comenzó con un poke de sabor honesto, que evocaba islas lejanas y tardes sin reloj. Después, la calidez de una taberna me ofreció un poutine tan sabroso como los abetos que lo inspiraban: robusto, salado, entrañable. Más adelante, fue India la que se asomó entre platos y aromas: jengibre, cúrcuma, canela, en una sinfonía que hablaba de lejanías y de hogar al mismo tiempo. Cada platillo era una forma de lenguaje, y yo, feliz, me convertía en políglota del gusto. No había prisas, solo el ritmo justo del descubrimiento.

Victoria tiene esa capacidad única de ser, al mismo tiempo, íntima y sorprendente. Mientras caminaba entre luces cálidas y fachadas llenas de historia, entendí que hay ciudades que se graban en la memoria por lo que muestran, y otras por lo que te hacen sentir. Victoria es ambas. Me sentí como huésped de una tierra que abraza con sencillez y elegancia. En cada restaurante, alguien contaba una historia con los ojos, en cada plato alguien compartía una parte del alma. Esos sabores, esas texturas, eran mucho más que gastronomía: eran puentes, eran memoria viva.


Leave a comment