
Hay lugares que habitan nuestros sueños. Así son mis memorias de Rangiroa, ese anillo de coral suspendido sobre el infinito, donde el cielo y el mar juegan a ser uno solo. El corazón se alenta allá, en la Polinesia Francesa, donde el tiempo se vuelve caricia y el alma flota, liviana, entre colores que no sabía que existían.
Subí a un barco rápido con el entusiasmo de quien sabe que algo extraordinario está por suceder. Navegamos sobre un océano que parecía cristal tallado por los dioses, hasta llegar a la legendaria Laguna Azul: un universo aparte dentro del universo, un espejo líquido tan claro y cálido que sentí estar caminando sobre la esencia misma del agua. Aquí, el mar no tiene profundidad, tiene misterio. Es tan bajo y tan puro que los pies parecen flotar sobre luz.

Nadé con tiburones y mantarrayas, criaturas etéreas que se deslizaban a mi lado sin temor, como si la naturaleza me hubiera aceptado por un momento en su círculo más íntimo. No había miedo, solo asombro. El latido del mar se mezclaba con el mío y el sol acariciaba la piel como un susurro. La fauna de Rangiroa es un canto silvestre que envuelve y asombra. Desde los coloridos peces que dibujan acuarelas en el agua cristalina hasta las aves marinas que surcan el cielo como pinceladas en movimiento, todo parece coreografiado por la naturaleza misma.
Las mantarrayas, con su elegante vaivén, se deslizan como sombras luminosas sobre la arena blanca, mientras los pequeños tiburones de arrecife, guardianes curiosos y pacíficos, patrullan las aguas poco profundas con una presencia tan majestuosa como serena.

En una isla privada, nos esperaban con una mesa tendida bajo las palmas, con flores y sonrisas, con el sabor de una tierra que ama sin medida. Degusté una langosta cocinada al fuego lento, fragante y jugosa, acompañada por ese humilde manjar llamado pan de coco, que guarda en su textura toda la ternura del lugar. Cada bocado era una ofrenda, un poema que hablaba de mares antiguos y sabidurías heredadas.
La Polinesia Francesa es un lugar que se siente en la piel, se respira en cada ola, se escucha en el canto de los vientos. Rangiroa me enseñó a mirar distinto. Me mostró que hay rincones del mundo donde el alma puede descalzarse y descansar. Donde el azul no es solo un color, es un estado del ser. Me fui de esa laguna con el cabello lleno de sal, los pulmones llenos del aire puro del Pacífico y el corazón lleno de memorias.
