Santuario suspendido entre cielo, mar y tierra: Jugando golf en Kauri Cliffs

Dejarse seducir por horas de placer en el campo de golf de Rosewood Kauri Cliffs, es como vivir un poema en vida real: se juega con asombro, con pausa, con el alma dispuesta a abrirse. Enclavado en la costa norte de Nueva Zelanda, donde el Pacífico se rompe en espuma contra muros de piedra antiguos como el viento, este campo es un santuario suspendido entre cielo, mar y tierra.

Desde el primer tee, el paisaje te roba la respiración —y no la devuelve nunca del todo. El césped, cortado con la precisión de una sinfonía, parece flotar sobre acantilados que se asoman al infinito. La brisa trae ecos maoríes, historias sin nombre que habitan las colinas, mientras las gaviotas planean sobre las banderas como si vigilaran el juego desde los cielos.

Jugar aquí es entrar en un ritmo distinto, donde cada hoyo tiene carácter, cada golpe una emoción. En los fairways serpenteantes, rodeados de helechos nativos y bosques de manuka, el swing se siente más puro, más ligero, como si el entorno afinara el cuerpo y el alma en una sola línea de intención. El hoyo 15, con su green que se asoma al abismo, es casi una plegaria al viento, una experiencia que va más allá del golf y se convierte en instante eterno.

El campo se integra en la naturaleza sin dominarla, como un visitante que ha aprendido a escuchar. Las ovejas pastan en la distancia, las olas marcan el compás del día, y todo se desarrolla con una serenidad que parece salida de otro tiempo.

Al finalizar la ronda, con el sol dorando las últimas sombras sobre el green, la casa club ofrece el refugio perfecto: elegante, serena, abierta al paisaje como un abrazo. Allí, con una copa de vino neozelandés en la mano y la vista perdida en el horizonte, uno comprende que ha sido parte de algo más grande que un juego. Ha jugado golf donde el mundo aún conserva su magia intacta.

En Rosewood Kauri Cliffs, el golf es una experiencia íntima con la tierra, una conversación silenciosa con los elementos, una forma de sumergirnos lo simple, lo bello, lo eterno de Nueva Zelanda.


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