
Hotel Sevilla aparece como una pausa consciente dentro del vértigo luminoso de Mérida, una ciudad construida sobre capas de historia que se superponen. En esta casona del siglo XVI, recuperada con paciencia y determinación, el pasado no se conserva como reliquia, sino como materia viva. El edificio, que alguna vez fue residencia privada, luego hotel y durante años casi ruina, hoy respira de nuevo con una elegancia sobria, resultado de una intervención que entiende que restaurar no es volver atrás, sino aprender a mirar hacia adelante sin negar lo que fue.
Grupo Habita, fiel a su vocación de transformar espacios olvidados en destinos contemporáneos, encuentra aquí un equilibrio delicado entre memoria y modernidad. La arquitectura original se revela tras un proceso casi arqueológico: muros descascarados hasta mostrar su verdad, proporciones coloniales respetadas, patios que vuelven a ser el corazón social del lugar. Frente a ello, las nuevas intervenciones de concreto se presentan sin disfraz. Piscina, bar y escalera helicoidal funcionan como declaraciones claras de su tiempo, trazando un diálogo directo entre siglos distintos que conviven sin competir.
Desde el acceso, el hotel establece su tono. Pisos de piedra, muros encalados, un mostrador de concreto que ancla la experiencia en lo esencial. Una ventana enmarca el patio central, donde la vida se organiza de manera natural bajo la sombra de almendros antiguos. El espacio se despliega en dos patios amplios que alojan una cantina mexicana relajada y un bistró más contenido, unidos por una atmósfera de conversación lenta y encuentros espontáneos. La escalera de concreto, escultórica y precisa, conecta ambos niveles como un gesto arquitectónico que guía la mirada y el movimiento.

La propuesta gastronómica acompaña esta narrativa sin estridencias. La cocina, de raíz mexicana con acentos franceses, se construye a partir del producto fresco del mercado cercano, adaptándose al ritmo del día y a la temporalidad del entorno. En el bar, los cócteles reinterpretan clásicos desde una lógica local, donde el mezcal y el tequila se integran con naturalidad, sin artificios innecesarios.
Los pasillos, cubiertos y frescos, conservan techos y puertas de madera tropical, mientras grandes macetas de barro introducen una vegetación que suaviza la geometría del conjunto. Las habitaciones, distintas entre sí pero coherentes en espíritu, apuestan por un minimalismo cálido: pisos cerámicos pulidos en negro que evocan las casas yucatecas, mobiliario de líneas modernas elaborado con maderas locales, textiles de henequén que aportan textura y memoria. La luz, cuidadosamente estudiada, no invade, acompaña. Detrás de la cama, el baño se construye con muros de concreto gris que recuerdan una estética brutalista, equilibrada por detalles de latón que introducen una nota de intimidad.
Al fondo del terreno, donde alguna vez hubo caballerizas, surge un segundo patio más reservado. La piscina de concreto se integra al espacio con una presencia sólida, dividida por un muro de piedra existente que recuerda que la arquitectura nueva se apoya, literalmente, sobre la antigua. Aquí, el tiempo se diluye entre el agua, la sombra y el silencio.
Hotel Sevilla, a pocos pasos de la Plaza Grande y del pulso cultural del centro, el hotel se convierte en un punto de observación sereno, un lugar desde el cual comprender la ciudad desde dentro. Como en muchos proyectos de Grupo Habita, la intención va más allá de ofrecer alojamiento. Se trata de crear un espacio que dialogue con su entorno, que active la memoria del lugar y que invite a habitarlo con atención. Hotel Sevilla es, en esencia, una conversación entre épocas.
