Refugio de silencio en el West Lake

Hangzhou se respira desde dentro. El aire tenía perfume, el paisaje parecía moverse al ritmo de la respiración, y todo invitaba a bajar la voz interior. Llegué con la sensación de estar entrando en un cuadro antiguo chino, pintado con tinta, agua y niebla. En ese escenario casi irreal, el hotel Four Seasons Hangzhou at West Lake apareció ante mi como un refugio donde el silencio y la paz acompañan cada instante.

El camino hasta el resort fue ya una transición. Jardines cuidados con delicadeza, estanques quietos como espejos, pabellones de madera oscura reflejados en el agua. Al bajar del coche, el aroma del té me recibió antes que cualquier palabra. Una bienvenida suave, casi coreografiada, como si cada gesto estuviera pensado para no romper la atmósfera.

Mi suite se convirtió en un espacio de recogimiento. Las puertas corredizas de madera, la luz entrando filtrada desde el jardín. Desde la bañera podía ver el cielo reflejado en el agua y escuchar a los pájaros al amanecer. Pasé largos minutos sin hacer nada, simplemente observando cómo el bambú se movía con el viento.

Una de las experiencias que más profundamente me marcó fue recorrer el West Lake en las bicicletas del hotel, avanzando despacio, sin rumbo fijo, como si el tiempo se hubiera vuelto circular. Pedaleábamos bordeando el agua, entre sauces que rozaban la superficie del lago y senderos que parecían dibujados para la contemplación. El aire era fresco, perfumado de vegetación húmeda y flores invisibles, y cada curva revelaba una escena distinta: pagodas emergiendo entre la bruma, reflejos temblorosos sobre el agua, caminantes silenciosos que parecían formar parte del paisaje. En ese recorrido pausado comprendí que Hangzhou se revela mejor así, a la altura del cuerpo y del ritmo del corazón.

Al regresar al resort, un sendero de linternas iluminaba suavemente el camino entre los jardines. Cada paso era un regreso al presente. En mi habitación, una taza de té aún caliente me esperaba sobre la mesa baja. Me senté frente a la ventana, observando cómo la neblina descendía lentamente sobre el lago, y sentí perfecta armonía, una reconciliación con la lentitud perdida.

Al partir, el lago parecía despedirse con un último reflejo. Me llevé conmigo aromas, gestos, silencios, luces suspendidas entre el agua y el cielo. Four Seasons Hangzhou at Westlake invita a habitar la serenidad. Y mientras el coche se alejaba por los caminos bordeados de sauces, supe que una parte de mí se quedaba allí, mecida por el viento del West Lake, esperando el momento de volver.


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