Catena y Lagar: la memoria en una copa

Hay vinos que se beben, y hay vinos que se recuerdan como se recuerdan los paisajes que nos marcan el alma. Así fue mi encuentro con dos botellas que no se parecen en nada, pero que comparten una misma vocación: la de contar historias con cada trago, la de envolver al paladar en un lenguaje sin palabras. Catena Zapata Malbec y Lagar de Cervera Albariño. Uno oscuro y profundo como la tierra que lo vio nacer. El otro fresco y luminoso como el mar que lo abraza.

Durante una mágica velada bajo el cielo estrellado de Cancún, con las copas Riedel resplandeciendo y la suave caricia de una brisa calurosa jugando con mis cabellos, degustamos estas maravillosas etiquetas, dejándonos seductor por sus sabores, aromas y almas únicas.

Del corazón de Mendoza llega el Malbec de Catena Zapata, con su color violeta casi negro, como una noche cerrada sin luna. Apenas lo acerqué a la copa, los aromas empezaron a hablar en voz baja: ciruelas maduras, grosellas, un toque de chocolate amargo que recordaba al otoño. En el fondo, la tierra. No cualquier tierra, sino la de las alturas, la que respira aire fino y exige paciencia. Este vino no grita, pero tampoco se oculta. Tiene cuerpo, tiene peso, tiene memoria. Se queda largo rato después de haber pasado, como una palabra que uno quisiera volver a pronunciar solo para sentir su forma.

El vino se siente redondo, untuoso, como si cada molécula supiera exactamente a dónde ir. Hay una arquitectura en su construcción, un orden secreto entre la fruta, la madera, la sombra del barril. Es un vino de invierno, de conversaciones lentas, de brasas que crepitan y noches que piden otra copa. El Catena no se bebe solo con la boca: se bebe con los ojos cerrados y con el pecho abierto.

Después tuve el placer de degustar un Albariño de Lagar de Cervera, como una bocanada de viento salado que rompe la densidad del instante. Su color amarillo verdoso, brillante como una mañana recién nacida, ya anuncia lo que vendrá: frescura, ligereza, precisión. En la nariz, las frutas blancas juegan con notas cítricas y flores invisibles. Manzana, pera, melón, como si el viñedo hubiera atrapado un huerto entero en cada racimo.

Lo bebo y me lleva directo al norte de España, a los valles de Pontevedra, donde la uva crece entre nieblas, lluvias y piedras viejas. El Albariño no se impone, seduce. Tiene esa claridad de las cosas bien hechas, sin artificios. Su acidez es viva, su paso por boca es como una ola que se retira dejando frescura, estructura, un eco frutal que persiste y acaricia. Es un vino de verano, de terrazas frente al mar, de mariscos recién abiertos, de silencios cómodos entre amigos.

Son dos voces distintas, dos geografías opuestas, dos maneras de entender el mundo. Y sin embargo, ambas coinciden en lo esencial: el respeto absoluto por la uva, la escucha atenta del clima, la paciencia como virtud. No se apresuran, no se disfrazan. Uno nace del sol de altura, del silencio mineral de la montaña. El otro, del verde húmedo y el rumor de las mareas. El Malbec es abrazo. El Albariño, caricia. Y entre ambos, uno descubre que el vino es mucho más que bebida: es tiempo convertido en belleza, y la belleza —como siempre— se agradece mejor con la copa en la mano y el alma abierta.


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