
Hay lugares que no se visitan: se descubren. Como si el destino los hubiera escondido entre el cielo y la tierra, esperando a que el viajero curioso, el amante del sabor o el buscador de belleza los encontrara al final de una jornada o al principio de una historia. Así es Christine’s on Blackcomb, un refugio suspendido a 1,860 metros de altura, donde el arte culinario se encuentra con el esplendor de la montaña.
Allí, en la cima de la góndola Blackcomb, donde el aire es más limpio y el silencio más puro, se alza este restaurante que no sólo alimenta el cuerpo, sino también la mirada y el alma. Desde sus amplios ventanales —o desde la terraza donde el sol parece detenerse un poco más—, el mundo se extiende en todas direcciones: cumbres nevadas, bosques eternos, cielos cambiantes. Todo invita a quedarse un poco más.

La experiencia en Christine’s es tan serena como sofisticada. El menú, cuidadosamente curado, rinde homenaje a los ingredientes locales con platos reconfortantes, elegantes y llenos de intención. Cada bocado recuerda que la cocina de montaña no tiene por qué renunciar al refinamiento, sino que puede elevarse junto al paisaje. Es una mesa donde la calidez del hogar se encuentra con la destreza del chef.

En invierno, después de deslizarse por las laderas de Whistler Blackcomb, o en verano, tras recorrer senderos y cielos abiertos, sentarse en Christine’s es como regresar a un lugar conocido, aunque sea la primera vez. El vino se sirve con pausa, con la misma calma con que cae la nieve o florecen los abetos en la estación opuesta.
Christine’s es una pausa elevada, un respiro de altura en medio de la aventura. Aquí, el tiempo no apremia. Aquí, se come despacio, se mira lejos y se habla bajito, como si el paisaje escuchara.
Whistler es tanto más que un destino… es un paisaje en movimiento, un rincón del mundo donde la naturaleza despliega su grandeza sin reservas.
Rodeado por imponentes montañas, lagos cristalinos y bosques que susurran historias antiguas, este pueblo canadiense late al ritmo de las estaciones. En invierno, se transforma en un paraíso blanco para esquiadores y amantes de la nieve; en verano, es un refugio vibrante para senderistas, ciclistas y soñadores. Su esencia combina aventura y calma, lujo discreto y espíritu salvaje, haciendo de Whistler un lugar que no solo se visita, sino que se siente.
