Una tarde de fondue en Victoria

La tarde en Victoria se deslizaba con la suavidad de un susurro marino, y en la Veranda del Fairmont Empress el mundo parecía haberse detenido a observar el lento vaivén del puerto. Frente a mí, el Parlamento erguido como un guardián de historias centenarias, mientras a mis espaldas danzaban las llamas de una chimenea que no solo calentaba el cuerpo, sino el alma entera.

Me senté ahí, como quien se sienta a escuchar un cuento. El aire fresco de la isla, con su sal invisible y su perfume a eucalipto, se mezclaba con el calor envolvente del fuego, creando una armonía perfecta, un equilibrio sutil entre el soplo del Pacífico y la promesa del abrigo. Pedí fondue de queso; la cazuela llegó humeante, espesa y aromática, y el pan, al sumergirse, regresaba cubierto de oro derretido. El primer bocado fue un instante detenido. El queso, cálido y persistente, se expandía por la boca como una caricia antigua, como un recuerdo que uno no sabía que necesitaba.

Todo a mi alrededor parecía formar parte de un cuadro: la arquitectura majestuosa del hotel, los reflejos violetas del cielo en el agua, los barcos dormidos en la bahía, las voces bajas de quienes, como yo, habían encontrado en ese rincón una tregua. No había prisa. Solo fuego, conversación, y una lenta sucesión de sabores que hablaban de confort y de celebración sin alarde.

Luego llegó el fondue de chocolate, oscuro como la noche que ya comenzaba a caer sobre el puerto. Las frutas, las pequeñas piezas de pastel, las nubes de malvavisco eran solo excusas para prolongar el instante. Cada inmersión en ese mar espeso de dulzura era una indulgencia, una pequeña transgresión permitida, casi necesaria. Comí despacio, como si cada fragmento de chocolate fundido fuera un verso, y no quise que terminara.

Las luces del Parlamento comenzaron a encenderse poco a poco, dibujando su contorno en la penumbra, como si también él estuviera participando del ritual. La Veranda es un umbral entre lo cotidiano y lo extraordinario, es un escenario donde los elementos conspiran para recordarte que hay belleza en la pausa, en el fuego, en los sabores compartidos al ritmo del atardecer.

El Fairmont Empress guarda en su corazón este rincón perfecto donde la gastronomía no es solo una cuestión de gusto, sino de emoción. Donde el queso y el chocolate no son solo ingredientes, sino lenguajes para decir cosas que no caben en las palabras.


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