
Existen restaurantes donde el tiempo se aquieta, donde cada detalle parece haber sido elegido con un mimo invisible, con una ternura casi íntima. Así es Cortile, ese secreto al sur de la ciudad, donde la piedra volcánica del Pedregal abraza un jardín escondido y lo convierte en un susurro italiano envuelto en luz.
Entrar a Cortile es como cruzar un umbral hacia otro ritmo, una dimensión donde la vida se vive con más calma y el paladar encuentra su propia lengua para cantar. El ambiente, cálido como un abrazo antiguo, tiene esa cualidad de hogar bien soñado: mesas de madera que invitan a quedarse, copas altas que tintinean suavemente como promesa de algo bueno, y una cocina que emana un perfume que no se puede traducir, solo cerrar los ojos y sentir.

La esencia de este lugar está en su alma. Un alma tejida con tradición italiana y un espíritu contemporáneo que se atreve a jugar con la memoria sin traicionarla. Hay algo en su propuesta que acaricia lo familiar con una mirada nueva, una nostalgia que no pesa, sino que reconforta.
Fue en ese entorno donde viví una experiencia espectacular, la cual comenzó con una flor: una flor de calabaza rellena de ricotta, delicada, vibrante, casi etérea. Era como probar el lenguaje de la primavera, una textura suave que se deshacía con elegancia y dejaba un susurro de frescura en la boca. Luego, la sorpresa del milhojas de alcachofa con trufa, una revelación. Capas que se encontraban en un equilibrio sutil entre lo crujiente y lo tierno, una danza de sabor donde la trufa aportaba un perfume profundo, casi misterioso, que hablaba de tierra y tiempo, de paciencia y alquimia.

Pero fue el risotto con cuatro quesos el que, sin decir una palabra, me hizo cerrar los ojos. Ese instante donde el queso no domina, sino que conversa, se funde, se escucha entre sí para crear algo más grande que la suma de sus partes. Cremoso, envolvente, un abrazo cálido en forma de plato, como si el norte de Italia hubiese enviado un pedacito de su alma para reconfortar la nuestra.
Todo esto es posible por la mirada sensible y audaz de la Chef Atala. Hay talento y, sobre todo, hay poesía en sus manos. Ella cocina con el corazón de quien ha entendido que alimentar también es un acto de amor. Su cocina es memoria y atrevimiento, es raíz y vuelo. Aquí, uno lo siente en cada platillo, en cada decisión de sabor, en cada pausa bien medida entre una creación y otra.
En Cortile se comparten historias, se recuerda que la belleza existe también en lo cotidiano, en una mesa servida con intención, en una conversación a media luz, en una copa de vino que espera paciente mientras la tarde se convierte en noche.
