Desde Casa Arrebato con Amor

En lo alto de una colina que susurra al océano, donde el sol se posa cada tarde como un dios dorado sobre las aguas de Playa La Ropa, descubrí Casa Arrebato. Un nombre que no engaña: allí todo arrebata —los sentidos, el alma, la mirada— en un silencio que no es vacío, sino plenitud. Ixtapa Zihuatanejo, con su ritmo pausado y su luz tibia, me envolvía desde la llegada como una caricia que no cesa, pero fue al cruzar el umbral de esa casa encantada cuando comprendí que estaba entrando en un mundo suspendido entre el arte, el lujo y la contemplación.

Casa Arrebato no es un hotel y no es una villa: es un estado del ser. Cada rincón vibra con el espíritu de México: arte popular, colores que respiran vida, texturas que cuentan historias y una palapa que cobija con la generosidad de un abrazo bien dado. La sala, el comedor, la cocina… todos los espacios se abren al mar como si la casa misma tuviera pulmones y respirara azul. Aquí se convive con el océano; se le escucha, se le agradece.

La terraza principal es un escenario íntimo de momentos que se convierten en memoria líquida: un cóctel al atardecer mientras las olas narran poemas, una charla prolongada bajo las estrellas, un libro que sabe mejor entre cojines y brisa. La alberca infinita se desborda sobre la línea del horizonte como un suspiro de agua dulce que juega con lo eterno. Abajo, Playa La Ropa vibra con vida: niños, tablas, risas, cometas. Arriba, en Casa Arrebato, reina la calma como una divinidad doméstica.

El servicio es discreto pero presente, como un pensamiento amable. Uno se siente cuidado sin darse cuenta, como si la casa anticipara tus deseos. La cocina combina sabores locales con una ejecución que respeta tanto la tradición como el paladar contemporáneo. Despertar con fruta fresca y café perfumado con canela es un ritual diario que nunca pierde su encanto.

En este paraíso, los perfumes del mar, de la madera tibia, de las flores que decoran sin estridencias, se mezclan con la fragancia embriagadora de lo intangible: esa mezcla de paz y maravilla que solo ocurre cuando el cuerpo descansa y el alma se expande.

Porque hay lugares que se convierten en parte de uno. Lugares que te hacen recordar quién eres cuando estás lejos del ruido, cuando el tiempo deja de ser urgencia y se transforma en presencia. Casa Arrebato es uno de ellos. Un santuario frente al mar donde uno descansa y uno despierta. Y en ese despertar suave, íntimo y profundo, algo se revela. Algo se cura. Algo, finalmente, arrebata.

Para más información: www.arrebato.casa


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