Recordando el ritmo de Auckland

Hay ciudades que se recorren con los pies, y otras que se descubren con el alma. Auckland es una de ellas. Suspendida entre volcanes dormidos y brisas marinas que acarician sin urgencia, esta ciudad parece hecha de contrastes suaves: ritmo y silencio, altura y profundidad, mar y tierra. Y justo en el corazón de esa dualidad serena, se eleva el JW Marriott como un refugio donde la gastronomía se convierte en lenguaje.

Desde el primer instante, se percibe un equilibrio exacto entre la hospitalidad que acoge y la sofisticación seductora. El aroma tenue a café recién molido, el murmullo de conversaciones discretas, la luz que cae con intención sobre las mesas… Todo en el hotel parece dispuesto para que el tiempo se convierta en una forma de contemplación.

Cada mañana comenzaba con un rito silencioso en JW Kitchen, un espacio donde el desayuno era una ofrenda. Las estaciones brillaban en los platos: frutas maduras con dulzor natural, panes crujientes como caricias doradas, y una variedad de sabores que cruzaban océanos sin perder su origen. El café, profundo y honesto, marcaba el ritmo de los pensamientos. Afuera, la ciudad comenzaba su coreografía urbana. Adentro, todo era más lento, más íntimo, más sabroso.

Pero fue en Trivet, el restaurante de autor del hotel, donde entendí que comer también puede ser una forma de viajar sin moverse. Cada platillo parecía una carta escrita a mano: el cordero, tierno y con un toque apenas dulce, llevaba en su sabor la tierra neozelandesa y una pizca de mundo. Los vegetales, sencillos y nobles, sabían a estación y a cuidado. El pescado, siempre fresco, era presentado como si acabara de salir del mar para llegar —sin pretensión— a un plato perfectamente equilibrado. Y los postres… eran epílogos suaves, sin sobresaltos, con esa dulzura medida que permanece sin cansar.

La cocina de Trivet enamora con esa alquimia sencilla que transforma ingredientes de aquí en emociones universales, Aquí, cada cena se convertía en una pausa detenida, en un momento que uno no quiere que termine, como una conversación en voz baja con alguien que entiende el arte de los silencios compartidos.

Una tarde, mientras el cielo se encendía sobre el puerto, tomé asiento en el bar del lobby. Pedí un vino blanco de Marlborough —mineral, fresco, con notas de hierba y promesa— y simplemente observé. A la gente. Al día que moría sin apuro. A la calma que sólo ofrecen ciertos lugares: JW Marriott Auckland es un espacio que se habita, un sabor que se queda… Un ritmo que se recuerda.


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