Mi encuentro con el tiempo: la Biblioteca de Cosechas de Casa Madero

Hay experiencias que se viven con los sentidos, y otras, más raras y profundas, que se viven con el alma. La noche en que Casa Madero presentó su Biblioteca de Cosechas fue una de esas ocasiones en las que el tiempo se volvió líquido y el pasado, embotellado, se ofreció generoso para ser comprendido, olido, sentido, bebido. En el aire del Club de Industriales flotaba una expectación serena, como si todos supiéramos que estábamos a punto de asistir no solo a una cata, sino a una conversación con los años.

Casa Madero, esa casa de piedra y sol que vio nacer al vino mexicano, abrió por primera vez las puertas de su memoria líquida. Una colección guardada en silencio durante décadas, cuidada como un secreto familiar. Llamarla “Biblioteca de Cosechas” es casi un acto de poesía: una invitación a leer el tiempo con los labios, a recorrer las páginas de cada añada a través del aroma y la textura.

Frente a mí, seis copas aguardaban: Gran Reserva Shiraz 2002, 2005, 2006, 2011, 2013 y 2016. Seis capítulos de una historia escrita con paciencia y sol, con manos que conocen el pulso de la tierra. A cada sorbo, el vino me contaba algo distinto. El 2002 tenía la voz baja y sabia, un susurro de cuero y frutos secos; el 2005 respiraba elegancia contenida, la serenidad de quien ha aprendido a esperar. Luego vino el 2006, más firme, más claro, con una energía casi nostálgica. En el 2011 descubrí juventud y estructura, una travesura madura; el 2013 fue puro corazón, un abrazo profundo; y el 2016, con su frescura y promesa, recordaba que el tiempo, aun en reposo, siempre se mueve.

Jesús Díez, Manuel Orgaz y Víctor Absalón acompañaron este recorrido como guías de un viaje invisible. En sus palabras se escuchaba el respeto al terruño, la admiración por el silencio que madura los vinos, y esa certeza de que la paciencia es una forma de arte. Sandra Fernández, luminosa y precisa, fue la voz que dio sentido al rito. Con su sensibilidad única, tejió entre copa y copa un hilo de comprensión que transformó la cata en un diálogo entre pasado y presente. “Estos vinos confirman que México ya puede conversar con el tiempo”, dijo. Y en ese instante comprendí que no hablaba solo del vino, sino de nosotros, de un país que empieza a escuchar su propia historia con orgullo.

Hubo un momento, quizá cuando el último sorbo del 2016 acarició mi paladar, en que el murmullo del salón se desdibujó. Todo quedó suspendido. Sentí que en cada botella dormía un trozo del alma de Casa Madero, una parte de la historia que ahora se despertaba para ser compartida. Era como abrir un viejo libro y descubrir que las palabras, aunque antiguas, siguen vivas.

El entusiasmo de los presentes se mezclaba con un sentimiento más hondo: gratitud. Porque cada una de esas botellas no solo contenía vino, sino tiempo convertido en arte. Daniel y Brandon Milmo lo resumieron con una frase que quedó flotando como un brindis: “Cada cosecha es una parte de nuestra historia. Y la historia se disfruta más cuando se pone en la mesa.”

El vino es una conversación con la tierra, una caricia del tiempo, una promesa de permanencia. La Biblioteca de Cosechas de Casa Madero no es solo una colección; es un testimonio del alma de México, un puente entre lo que fuimos y lo que aún podemos ser.

Mientras las luces se atenuaban y las copas quedaban vacías, me llevé conmigo la certeza de haber participado en algo irrepetible. Una ceremonia íntima en la que el pasado se dejó probar, en la que el vino se volvió memoria, y la memoria, poesía.


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