Una noche dentro del invierno

La nieve cae con esa delicadeza que solo existe en la montaña, como si el cielo hubiera aprendido a caminar de puntillas. Avanzo despacio por la terraza del restaurante Glitretind, en Stein Eriksen Lodge, y el mundo parece aquietarse con cada paso. Frente a mí, casi como un secreto compartido solo con quienes saben mirar, aparece una burbuja transparente suspendida entre el bosque y el cielo.

Cruzar el umbral del Alpenglobe es entrar en otra dimensión, una donde el invierno deja de ser áspero y se vuelve contemplativo. Afuera, Deer Valley se extiende en una paleta de blancos y azules infinitos, casi irreales. Adentro, la calidez se filtra lentamente, con esa sensación íntima de estar protegida, como si el mundo hubiera decidido hacer una pausa solo para nosotros. La transparencia del domo permite que la montaña sea parte de la mesa, que el paisaje se siente a cenar, que la noche observe en silencio.

Hay algo profundamente poético en comer rodeada de nieve sin sentir frío. El vidrio recoge el reflejo de las luces suaves, las copas brillan como pequeñas lunas privadas y el vapor de los platos recién servidos se eleva con una elegancia discreta. El tiempo, aquí, se diluye. La respiración pausada del bosque y el ritmo lento de una experiencia pensada para sentirse más que para contarse.

Son seis los Alpenglobes que se asoman desde lo alto del Mountain Lodge, cúpulas claras, perfectamente integradas al paisaje, diseñadas para albergar cenas íntimas y momentos que se quedan. Cuatro reciben hasta seis invitados; dos, hasta ocho. Pero más allá de la capacidad, lo que realmente contienen es una atmósfera. Una burbuja emocional donde el exterior se vuelve escenario y el interior, refugio.

El menú llega como un relato cuidadosamente escrito. Cada platillo es un capítulo breve pero intenso, un diálogo sutil entre la tierra y el mar, entre lo local y lo lejano. El foie gras sellado en brioche se presenta como una caricia inesperada: untuoso, delicado, equilibrado por notas suaves de coco y la fragilidad etérea de un merengue de manzanilla. La grosella negra aporta un murmullo ácido que despierta al paladar, mientras el hisopo de anís deja un recuerdo persistente, casi aromático, que se queda conmigo incluso después del último bocado.

Mientras tanto, afuera la nieve continúa cayendo, ajena pero presente. Observarla desde el interior del Alpenglobe es como ver una película sin sonido: hipnótica, meditativa. Las luces del lodge se reflejan en el cristal y, por momentos, no sé dónde termina el interior y comienza el paisaje. Todo se mezcla con naturalidad, como si así hubiera sido siempre.

Stein Eriksen Lodge tiene algo de refugio y algo de sueño. Único hotel y spa Forbes cinco estrellas de Utah, se alza a media montaña con una perspectiva privilegiada, reimaginando la experiencia del ski y del descanso. Todo aquí parece pensado para elevar los sentidos sin imponerse, para invitar sin exigir. Los Alpenglobes son una extensión natural de esa filosofía.


Leave a comment