
Durante la velada dedicada a los vinos de Ramón Bilbao, celebrada en Terraza Lomas, vivi un un viaje sensorial. La experiencia se diseñó como un diálogo entre cocina, vino y percepción.

Cada platillo estaba pensado para disfrutarse con las manos, invitando a explorar la comida con los dedos, a sentir sus texturas, a acercarse a los aromas antes del primer bocado. Era una experiencia que apelaba a todos los sentidos: mirar, tocar, oler, escuchar el crujir de una tostada… y finalmente saborear con calma, mientras el vino marcaba el ritmo de la noche.
El recorrido comenzó con un bao de tinta de calamar, relleno de pato confitado, pepino encurtido y delicados pétalos silvestres. La suavidad del pan contrastaba con la intensidad del pato y la frescura del pepino, mientras el Ramón Bilbao Crianza acompañaba con su carácter vibrante, aportando equilibrio y profundidad al primer encuentro entre cocina y vino.
Después llegó uno de los momentos más sorprendentes de la noche: pork belly glaseado en mole, servido sobre una tostada de sésamo. El contraste entre la riqueza del cerdo, el carácter especiado del mole y la textura crujiente de la base creaba un bocado poderoso y lleno de matices. El maridaje con Ramón Bilbao Edición Limitada elevaba el plato con una estructura elegante que abrazaba los sabores con precisión.
El tercer tiempo presentó una empanada de short rib con chimichurri, donde la intensidad de la carne estofada se encontraba con la frescura herbal de la salsa. Era un plato reconfortante, profundo, pensado para disfrutarse lentamente. El Ramón Bilbao Reserva aportaba complejidad y una textura sedosa que parecía prolongar cada bocado.

La noche continuó con una kofta de cordero especiado acompañada de pan árabe, un plato que evocaba aromas cálidos de especias y cocinas lejanas. El Ramón Bilbao Gran Reserva encontró aquí su escenario perfecto: un vino amplio, elegante, con una profundidad que dialogaba con la intensidad aromática del cordero.
Finalmente, la experiencia culminó con un bocado tan inesperado como memorable: un bombón de morcilla con almendra y puré de manzana. Dulce, salado y profundamente reconfortante, este último gesto gastronómico encontró su compañero ideal en Ramón Bilbao Mirto, una de las etiquetas más emblemáticas de la casa, cuya elegancia y concentración cerraron la noche con una nota sofisticada.
A lo largo de la velada, cada plato parecía existir para revelar una faceta distinta del vino. Y cada vino, a su vez, encontraba una nueva dimensión en la cocina. El resultado fue una experiencia donde la mesa se transformó en un espacio de exploración: una invitación a desacelerar, a disfrutar cada textura y cada aroma, a redescubrir el placer de comer sin prisa.
Porque cuando el vino marca el compás, la cena deja de ser una simple sucesión de platillos y se convierte en una historia. Y esa noche, en Terraza Lomas, la historia se contó con las manos, con los sentidos y con cada copa de Ramón Bilbao.