
Las luces se apagan y, casi de inmediato, el escenario comienza a transformarse. El sonido, el movimiento y una escenografía espectacular nos llevan a otro tiempo, mientras frente a nosotros comienza a desplegarse una de las historias más fascinantes y complejas de México. Así comienza mi experiencia con Malinche, el musical que se presenta en el Frontón México y que consigue algo que no siempre resulta sencillo: contar nuestra historia de una manera emocionante, contemporánea y profundamente seductora.

Durante la función, resulta imposible no dejarse atrapar por lo que sucede sobre el escenario. La escenografía es impresionante; cambia, se mueve y se convierte en parte esencial de la narración. Las luces crean atmósferas completamente distintas, el vestuario aporta color y dramatismo, y las coreografías llenan el espacio con una energía extraordinaria. Todo está concebido para que la historia se viva.
La figura de Malintzin cobra una nueva dimensión. Su historia, tantas veces reducida a unas cuantas páginas de los libros de texto, aquí adquiere rostro, voz, movimiento y emoción. La conocemos desde otra perspectiva, siguiendo sus circunstancias y las decisiones que la colocaron en el centro de uno de los momentos más trascendentales de nuestra historia.
La música del talentoso Nacho Cano tiene un papel fundamental en este viaje. Los sonidos de inspiración prehispánica se encuentran con composiciones contemporáneas, creando una banda sonora que acompaña cada momento de la narrativa. Hay fuerza, dramatismo y también momentos de enorme sensibilidad. El baile lleva esa energía todavía más lejos: los cuerpos sobre el escenario se convierten en otra forma de contar la historia.
El musical Malinche logra convertir la historia en una experiencia. Durante unas horas dejamos de observar el pasado desde la distancia y nos encontramos dentro de él. La producción consigue que los grandes acontecimientos se sientan humanos, que los personajes tengan emociones y contradicciones y que la historia avance con un ritmo que mantiene la atención de principio a fin.
Cuando las luces del escenario finalmente se encienden, la tarde continúa alrededor de una mesa… a pocos pasos del espectáculo, Pelota Mestiza nos esperaba con la cocina de la reconocida chef Lula Martín del Campo, una celebración de México desde otra de nuestras grandes formas de expresión: la gastronomía.

Lula tiene una sensibilidad especial para tomar ingredientes profundamente nuestros y llevarlos hacia interpretaciones contemporáneas sin borrar su identidad. Su cocina tiene memoria, pero también curiosidad; reconoce la tradición y al mismo tiempo juega con ella.
Comencé con un taco de coliflor rebozada en recado negro, una combinación de textura crujiente y sabores profundos que convirtió el primer bocado en una pequeña sorpresa. Después llegó el filete de res en nogada, una lectura sofisticada de uno de los sabores que más representan la cocina mexicana. La suavidad de la nogada aportaba ese contraste delicado frente a la intensidad de la carne.

El final tuvo como protagonista al cacao con un acertijo de cacao, un postre que invita a descubrir sus diferentes matices y texturas. Lo acompañé con una copa de rosado de Casa Madero, fresco y ligero, perfecto para prolongar el placer de la sobremesa. Ahora, Pelota Mestiza también ofrece un exquisito brunch en los domingos.
Me sedujo esa continuidad entre el escenario y la mesa. Después de contemplar una historia que habla de nuestros orígenes, sentarse frente a una cocina que también nace de nuestra tierra crea un diálogo natural. La historia se cuenta primero con música y movimiento; después, con ingredientes, aromas y sabores.
Esa tarde, México apareció ante mí en todas sus dimensiones. En la música que llenaba el Frontón, en los cuerpos que danzaban sobre el escenario, en la escenografía que nos transportaba a otra época y, finalmente, en una mesa donde Lula Martín del Campo reinterpretaba nuestra gastronomía con sensibilidad y creatividad. Una experiencia donde el arte, la cultura y el hedonismo se encuentran y se celebraran con belleza, emoción y, por supuesto, con un buen bocado.

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