
OMA es un instante suspendido en el tiempo, una ceremonia íntima donde cada platillo es un susurro del mar, un destello de cuchillo, un silencio que se pronuncia en la lengua. Al cruzar las puertas del Four Seasons en la Ciudad de México, el bullicio del exterior se desvanece y uno entra a otro mundo, uno de calma contenida y promesas al fuego.

Me senté frente al talentoso chef Abraham Lopez como quien se sienta frente a un altar. No había menú, ni decisión que tomar. Solo una entrega completa, una confesión callada: confío en ti. Omakase, esa palabra que no necesita traducción una vez que la has sentido, se convirtió en la melodía que guiaría la noche. El chef López toma los ingredientes como notas musicales y los ensambla con una precisión que se siente casi coreográfica.
El primer bocado fue una llave que abrió un camino de texturas, temperaturas, colores que parecían surgir de algún rincón oculto del mundo. Cada pieza de nigiri era un poema brevísimo, escrito con arroz templado y pescado crudo, con un toque de sal marina que sabía a océano sin mapa. Los cortes eran exactos, como si la hoja del cuchillo obedeciera a la respiración de la materia.
Había atún que se deshacía antes de llegar al juicio, la trucha salmonada que se apoderaba de todos mis sentidos, anguila de mar preparada a la perfección y salsas que parecían simples y que, sin embargo, resonaban como un acorde largo en el paladar. La cocina japonesa siempre me ha parecido la más disciplinada de las pasiones: no hay exceso, no hay disfraz, solo verdad.

El chef introduce dashis y cítricos como quien escribe un haiku con tinta de mezcal. El omakase aquí es una conversación en voz baja entre dos tradiciones que se reconocen y se abrazan. El mar del Pacífico y el del Japón, las costas de Ensenada y los mercados de Tokio, dialogan en cada plato.
El delicioso té matcha cerró la tarde como un telón de terciopelo. Un calor suave en las manos, un amargor profundo, una dulzura al fondo. Había belleza en todo: en la cerámica imperfecta, en la pausa entre tiempos.
OMA es una experiencia que primero conquista nuestro paladar y después, por siempre, nuestra memoria.