
En una noche donde la ciudad se vistió de viñedo, el Salón Castillo del hotel Presidente InterContinental se convirtió en un pequeño rincón de California, donde el alma de Sonoma susurró entre copas y bocados. El 25 de abril de 2025 no fue solo una fecha, fue un encuentro con la tierra, el oficio y la pasión, reunidos en la primera edición de A Taste of Sonoma, un evento que no se limitó a ofrecer vino: ofreció historia líquida, memorias de sol y niebla destiladas en cada sorbo.
Recorrer aquel salón fue como caminar por los viñedos sin salir de la ciudad. Cada mesa, un paisaje; cada copa, un relato. Allí estaban las bodegas del Condado de Sonoma, orgullosas y generosas, derramando su esencia en manos curiosas y paladares abiertos. Quince nombres que hablaban de herencia, de cuidado, de años de paciencia embotellados con amor: desde la elegancia de La Crema hasta la personalidad intensa de Rodney Strong, pasando por el refinamiento silencioso de Donum State y el carácter vibrante de Martinelli Winery. A su lado, ocho joyas mexicanas que no titubearon, sino que brillaron: Monte Xanic, Casa Madero, Tres Raíces, Casta… nombres que ya no necesitan presentación, pero que aquí encontraron nuevas miradas, nuevos suspiros.

Los propietarios, los enólogos, los embajadores de cada bodega estaban ahí, sirviendo no solo etiquetas, sino también su tiempo, su conocimiento, su historia. Escucharlos hablar fue entender que el vino no nace en barrica, sino en el alma de quien lo sueña, y que en cada botella viaja también un pedazo de tierra, de clima, de gente.

Las mesas de quesos, mariscos y dulces eran orillas donde uno podía anclar entre sorbo y sorbo, mientras los sabores del restaurante Alfredo Di Roma, Chapulín y The Palm dialogaban con las notas del vino en un vals perfecto. Aquel maridaje no fue matemático, fue poético.
Detrás de esta experiencia, la mano sensible y experta de Luis Morones, el sommelier que entiende que el vino es puente, es cultura, es conversación. Su visión y la colaboración con Sonoma County Winegrowers hicieron posible una velada que ya se inscribe en la memoria del vino en México, y que marca el inicio de un vínculo profundo entre regiones separadas por fronteras, pero unidas por la misma pasión.
Entre tanto brindis, entre tanto descubrimiento, quedó también la resonancia de una verdad hermosa: que muchos de esos vinos californianos existen gracias al trabajo incansable y legal de campesinos mexicanos que cruzan mares de tierra para cuidar las vides como si fueran propias. A Taste of Sonoma fue un homenaje a ellos, a los que trabajan la uva, a los que la honran, a los que la celebran.
