
Subir al piso 25 del hotel W es preparar el alma para el despegue. En cuanto se abren las puertas, la ciudad queda atrás, y uno entra en otra órbita, una distinta, más suave, más lunar. Moonbass Lounge es una cápsula suspendida en el deseo, donde el sonido de un vinilo girando dicta la gravedad de la noche.

Todo allí parece flotar. La luz se pliega como niebla interestelar, el mobiliario se funde con la penumbra y las copas brillan como pequeños satélites. El aire huele a misterio y a mezcal. Moonbass es un lugar que se descubre, se susurra, se sigue como se sigue una frecuencia lejana, casi secreta. Cada rincón está tejido con la intención de sorprender, de invitar a bajar las defensas y elevar los sentidos.
En cada vaso hay un experimento elegante, un juego de alquimia que no se toma demasiado en serio. El Moon Martini, por ejemplo, fluye como un eclipse líquido, entre el dulzor del coco y el filo etéreo del vodka. El Luna en el Mar, con su espadín profundo y su toque de Amaro, llega como una ola que rompe en el pecho. Y el Wallbanger Milk Punch, delicado y ácido, tiene la textura de un sueño mal recordado. Todo es inesperado, y sin embargo, perfecto.
La música lo gobierna todo. Es un latido que nace de los vinilos y se propaga con suavidad controlada. Cada track es una coordenada en el mapa sonoro de la noche, y quienes están presentes —por casualidad o por destino— se dejan llevar, como si las paredes del lounge no existieran, como si estuviéramos todos suspendidos entre las luces de la ciudad y la oscuridad del espacio exterior.

El menú, como la música, es curado con esmero, pensado para ser compartido, para ser comentado, para ser recordado. El sashimi de sandía, fresco como un cometa cruzando el cielo, despierta con su dulzura vegetal.
El camarón Moonbass, envuelto en hoja de arroz, cruje con intensidad y arde suavemente con su chile fermentado. Y los que buscan más profundidad encuentran en la tártara de res o el salmón trufado la respuesta a su deseo de densidad y umami.
Moonbass Lounge es una contradicción hermosa: íntimo pero expansivo, rebelde pero refinado, oculto pero inolvidable. No se trata de ver y ser visto, sino de sentir sin miedo. De perderse entre beats y luces, de dejar que un cóctel nos hable en voz baja, y sentir como si entre las copas, la música y la penumbra, hubiéramos tocado, aunque sea un poco, la Luna.
