
En la costa dorada de Zihuatanejo, donde el océano se mece con la suavidad de un suspiro antiguo, se alza Thompson como un refugio donde la cocina es el corazón palpitante de la experiencia. Aquí, entre palmeras inclinadas y arenas que parecen haber sido filtradas por la luna, los sabores se vuelven idioma y cada platillo una carta de amor al mar, al fuego, a la tierra.
En la cocina de HAO en Thompson Zihuatanejo se dibuja con ingredientes que han vivido cerca: pescados que aún huelen a sal, frutas que maduraron bajo el mismo sol que acaricia los techos de palma. El chef, artista sin lienzo visible, pinta emociones con cuchillos afilados y fuegos controlados, componiendo platos que no sólo se comen, se contemplan. Cada bocado es una pincelada, cada aroma una nota de una sinfonía silenciosa
Desayunar aquí es despertar lentamente, como las olas que llegan sin apuro. Un café humeante, tostado con intención, se sirve junto a pan recién horneado que aún canta su calor. Hay frutas que parecen joyas: papaya encendida, piña que recuerda la dulzura del sol, y mango que gotea recuerdos de infancia. Todo servido con una cortesía sin esfuerzo, como si el día se desplegara a tu ritmo, sin exigir nada más que estar presente.

Pero es al caer la tarde cuando el arte culinario alcanza su clímax. Con los pies en la arena y el cielo vestido de cobre y zafiro, la cena se convierte en ritual. Las brasas despiertan y el aire se llena del perfume del mar fundiéndose con humo. El tikin xic, preparado con precisión ancestral, se presenta como un homenaje a las raíces. El pescado se deshace en la boca, envuelto en achiote y cítricos, como si el tiempo se hubiese detenido en su punto exacto de cocción.
Cada platillo tiene una historia que se narra con palabras y con especias, texturas y silencios. Los camarones, tan frescos que parecen aún danzar en el plato, se acompañan con salsas que juegan entre lo dulce, lo picante y lo inesperado. Y el pulpo, ahumado con maderas locales, llega con ese sabor que sólo los destinos junto al mar saben entregar: profundo, limpio, honesto.

La dulzura final no llega como un cierre, sino como una despedida suave. Un flan cremoso que honra a la abuela mexicana, un helado de guanábana que susurra al paladar, o un chocolate local con sal de mar que recuerda que el placer también puede ser breve y absoluto.
En Thompson Zihuatanejo, la gastronomía es una declaración de amor por los sabores de México. Donde cada comida es un acto de belleza compartida, un lujo sin pretensiones, un recuerdo que se vive bajo un cielo salpicado de estrellas, con el murmullo del Pacífico como música de fondo.
