
Desayunar en La Cocina, dentro del refugio encantado que es Rodavento en Valle de Bravo, no se parece a ningún otro despertar. Es abrir los ojos entre montañas, respirar profundo, y dejar que el día comience sin apuro, al ritmo pausado de la naturaleza y del buen gusto.

El sol apenas tocaba los árboles altos cuando llegué. El aire olía a tierra húmeda, a bosque vivo, y también —sutil pero inconfundible— a café recién molido. La Cocina es una invitación a detenerse, a comer con el alma, a mirar alrededor y encontrar belleza en lo sencillo. Aquí, cada detalle habla con honestidad.
Todo lo que llega a la mesa tiene raíz: en los ingredientes locales, en las recetas bien pensadas, en el amor silencioso que se nota sin necesidad de explicarse. Me senté junto en la terraza donde el paisaje parecía parte del menú. La mañana me abrazó con calidez, y entonces comenzaron a llegar los sabores.
Entre los manjares de su menú nos encontramos con platillos como los chilaquiles con mole rojo fueron el primer gesto de cariño. La tortilla crujiente, el mole espeso y profundo, con ese dulzor terroso que solo logran las manos sabias. El huevo encima, perfectamente cocido, sellaba la armonía como una pincelada final. Otra joya es el toast de salmón ahumado: delicado, limpio, elegante. El pan crujía apenas, el salmón tenía la textura del silencio, y la combinación con un toque cítrico era un diálogo suave entre el campo y el agua.

También podemos probar aquí los waffles con almendra: Cálidos, dorados, con un aroma que recordaba a tardes de invierno y promesas dulces. Cada bocado era ligero pero contundente, como si llevara dentro la memoria de una cocina casera y generosa.
La selección de café es un capítulo aparte. Más que opciones, eran posibilidades: prensa francesa, espresso, métodos artesanales, cada uno con personalidad distinta. Elegí uno infusionado lentamente, fuerte y aromático, que parecía despertar algo más profundo que el cuerpo. Era un café que se bebía con el alma.
En Rodavento, desayunar se convierte en un ritual íntimo. Todo momento en La Cocina deja huella. El murmullo del bosque, la luz filtrada entre hojas, el sabor del día que apenas comienza… Y la certeza de que la sencillez, bien hecha, tiene el poder de transformar una mañana en un recuerdo duradero.