
En la costa de Punta Mita, donde el aire salino lo envuelve todo y el fuego parece tener un lenguaje propio, hay nuevas historias que comienzan a escribirse desde la cocina. Hoja Santa nace así, como una extensión natural de una trayectoria que ha sabido encontrar en el origen su mayor fortaleza.

La mente brillante detrás del éxito de Hector’s Kitchen y Zicatela, el chef Héctor Leyva, ahora nos deleita con Hoja Santa. La historia del chef, cuya cocina se ha construido desde la intuición, pero también desde un profundo respeto por la tradición, comienza en Oaxaca, donde la gastronomía no es solo alimento, sino identidad. Desde ahí, su curiosidad lo llevó a explorar distintas formas de interpretar la cocina mexicana, entendiendo que su riqueza no está en replicarse, sino en transformarse sin perder su esencia. En Hoja Santa, esa visión encuentra una nueva expresión, una donde el fuego —directo, honesto, impredecible— se convierte en el hilo conductor.
Aquí, la brasa es el centro de todo. El fuego define, moldea, transforma. Hay una intención clara de regresar a lo elemental, de cocinar desde el origen, dejando que el producto se exprese con libertad. Pescados, mariscos y cortes pasan por la parrilla con precisión. El resultado es una cocina que se siente auténtica, profundamente ligada al entorno, pero con una ejecución que revela experiencia y sensibilidad.
Los primeros sabores llegaron a mi mesa con una intensidad atrevida. Los ostiones a las brasas, con adobo de chiles y limón tatemado, logran ese equilibrio delicado entre la profundidad del fuego y la frescura del mar. Hay una mineralidad que se mantiene, pero que se envuelve en notas ahumadas que no dominan, sino que acompañan. Después, los camarones butaneros estilo Tecuala aportan un contraste más vibrante, donde el aderezo de chile serrano despierta el paladar sin saturarlo, dejando una sensación limpia, precisa.
Mi experiencia avanzó con una naturalidad que se agradece. El queso fundido con chorizo de rancho, servido con tortillas hechas en casa, se siente reconfortante, casi familiar, pero ejecutado con una calidad que eleva lo cotidiano. Es un plato que no busca reinventarse, sino recordarnos por qué funciona. Luego, la gordita de cochinita pibil con puré de frijol introduce otra capa: más profunda, más envolvente, donde el sabor se construye lentamente y permanece.

El pulpo, asado a las brasas, resume de alguna manera la esencia del lugar. La textura es precisa, el sabor marcado por el fuego, pero equilibrado con elementos que aportan frescura y contraste. Servido con tacos olvidados de frijol y jocoque fresco, el plato logra integrar distintas dimensiones sin perder claridad. Hay tradición, hay técnica, pero sobre todo hay una intención de dejar que todo conviva sin imponerse.
Lo que define a Hoja Santa es la coherencia que existe entre el chef, la cocina y el lugar. Todo parece responder a una misma idea: regresar a lo esencial sin renunciar a la profundidad. En un destino donde la oferta gastronómica continúa creciendo, Hoja Santa encuentra su lugar desde esa autenticidad. Aquí son reyes el sabor, el producto, y el fuego. Es precisamente ahí, en esa conexión directa entre el mar, la brasa y la mano del chef, donde la experiencia se apodera de nuestros sentidos y nuestro corazón.
