
Hay lugares donde el mar es el un pulso que define la manera de vivir —y de comer. En la costa del Pacífico, donde la luz se vuelve líquida al atardecer y el tiempo parece diluirse entre olas, la cocina adquiere otra intención: más libre, más instintiva, más conectada con el momento. Así se descubre Zicatela, un espacio donde la gastronomía se expresa con naturalidad, sin rigidez, pero con una claridad que se percibe en cada detalle.
Creado por el talentoso y creativo chef Héctor Leyva, originario de Oaxaca, Zicatela es el resultado de una búsqueda constante por entender la cocina mexicana desde sus raíces y proyectarla hacia el presente. Su trayectoria no se siente como una acumulación de técnicas, sino como una evolución orgánica, donde cada experiencia ha dejado una huella que hoy se traduce en una propuesta honesta, directa, profundamente sensorial.
El espacio respira esa misma filosofía. Abierto, luminoso, con el mar siempre presente, invita a dejarse llevar. Mesas que se llenan de risas, copas que se alargan sin prisa y una energía que fluye con naturalidad. Aquí, comer se convierte en un acto compartido, casi espontáneo, donde cada platillo llega como una extensión del entorno.

La cocina se construye desde el producto. Pesca local, mariscos frescos, vegetales que conservan su carácter… ingredientes que no necesitan disfraz, solo precisión. Los sabores son abiertos, generosos, pensados para disfrutarse en el instante.
El bar acompaña con la misma intención. Una selección curada de mezcales, tequilas, cervezas mexicanas y vinos dialoga con la cocina sin imponerse. La coctelería, fresca y bien equilibrada, aporta ese matiz lúdico que define la experiencia: aromas que evocan el trópico, sabores que refrescan, texturas que invitan a quedarse un poco más.
Existe aquí una conexión evidente con el sur del Pacífico mexicano, una memoria que se filtra en cada decisión sin volverse literal. Es una reinterpretación contemporánea que respeta el origen, y que no teme evolucionar. En esa dualidad —tradición y presente— Zicatela encuentra su voz. El sonido del mar, la sal en el aire, el ritmo pausado de la costa… todo se integra en una sensación que permanece más allá del momento.
