El arte del brunch, perfeccionado

El domingo empezó sin prisa, como deben comenzar los domingos. La Roma aún desperezándose, las calles mojadas por el riego de la madrugada y un cielo indeciso entre el sol y la nostalgia. Subí al rooftop de Maison Mexico y me encontré con un pequeño festín de luz, sabor y aire tibio, sostenido en equilibrio por los acordes suaves de una ciudad que respira sin apuros.

Conchita Clamont es un punto de encuentro, un paréntesis suspendido entre el ritmo caótico de la semana y la tregua que ofrece el mediodía. Es un espacio que canta. Al son de musica en vivo, dos guitarras que crean un ambiente exquisito, disfruté del arte del brunch, perfeccionado.

Probé primero los chilaquiles verdes. Un platillo tantas veces repetido que uno ya cree conocerlo de memoria, pero aquí se presentó como algo nuevo: tortillas con filo y salsa verde, fresca, viva. Al costado, frijoles negros que sabían a casa, a leña, a mañana lenta.

El brunch se mueve en un ritmo propio, marcado por las copas que se llenan una y otra vez de mimosas espumosas, por la conversación que va subiendo de tono como el sol sobre la terraza. En cada mesa hay algo diferente: ensaladas que parecen jardines comestibles, ceviches que equilibran la acidez del cítrico con el dulzor apenas insinuado de la fruta tropical, pastas hechas a mano que huelen a mantequilla, a trufa, a intención. Cada platillo parece tener una voz, una historia, un ritmo.

La cocina de Valeria Sánchez es una cocina que observa, que entiende, que respeta. No hay excesos, no hay fuegos artificiales. Solo ingredientes tratados con verdad. El tomate sabe a tomate, el pescado es pescado y no pretexto. Es una cocina joven y valiente.

Llevé conmigo a Yuki, mi perita de ojos curiosos y andar elegante, que fue recibida con una naturalidad que se agradece. En Maison Mexico Roma, ser pet friendly es una actitud: el agua llegó en un cuenco bonito, los meseros le sonrieron como si la conocieran de antes, y ella encontró su lugar bajo la mesa, entre sombras frescas y aromas que la mantenían atenta pero tranquila. Fue hermoso compartir ese espacio sin necesidad de negociar su presencia, como si el brunch también estuviera pensado para ella, para que las mañanas lentas fueran completas, y la ciudad —al menos por un rato— se volviera más amable para todos.

Las horas se deslizan sin que uno lo note y mientras el brunch sigue —porque en Maison Mexico los domingos no se interrumpen, se prolongan—, me enamoro de esta atmósfera única. Maison Mexico Roma ofrece un refugio aéreo donde el paladar y el ánimo se reconcilian. Donde comer es también encontrarse, y donde un brunch de domingo puede convertirse, sin que uno lo note, en la mejor manera de decir: hoy, la vida sabe bien.


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