
Caminar por los pasillos del CIEC del World Trade Center de la Ciudad de México, del 25 al 27 de junio, fue como sumergirse en un caleidoscopio de aromas, colores y voces que cantaban a coro la riqueza de nuestra cocina. La Expo Gastronómica 2025 fue un festín para el alma, donde cada stand era un altar y cada platillo, una ofrenda al dios del buen gusto.
El corazón vibraba al ritmo de las cacerolas, de los cuchillos que cortaban con precisión de artista, de las copas que tintineaban celebrando la alquimia del vino. Allí estaban todos: chefs de mirada intensa, cocineros con manos curtidas por el fuego, baristas que acariciaban el café como si fuera poesía líquida, sommeliers con paladares que descifran misterios en una sola gota. También nosotros, los peregrinos del sabor, caminando con los sentidos abiertos y el alma dispuesta a maravillarse.
Más de once mil almas compartimos esta comunión gastronómica. Eran emprendedores con sueños que olían a pan recién horneado, estudiantes hambrientos de conocimiento, expertos que han hecho del arte de cocinar su forma de entender el mundo. En cada rincón, un diálogo: entre ingredientes y culturas, entre tradición e innovación, entre el pasado que se honra y el futuro que ya se cocina.

Vi magia en cada concurso, donde el fuego no sólo cocía alimentos, sino también ilusiones. Los Disciples d’Escoffier nos recordaron que la alta cocina también puede nacer de corazones humildes. La Copa Vatel de Repostería nos endulzó con creaciones tan delicadas como un suspiro. Y la Copa de Barismo nos regaló cafés que contaban historias de montaña, de lluvia, de tierra fértil y manos sabias.
La entrega de los Premios Expo Gastronómica fue un momento de silenciosa reverencia. Philippe Defayes nos recordó que una vida dedicada a la gastronomía deja huellas profundas. José Hernández Andrade nos habló, sin decir palabra, del poder de servir con excelencia. Monalisa Bustillos y Marco Antonio Lebaron iluminaron el camino de la innovación, mientras Jorge Name Olguín nos susurraba al oído que la sostenibilidad es también una forma de amar.

Y entre sabores terrenales, el vino. Ah, el vino. Cellar Point fue el embajador de la tierra lejana de Australia, y con sus 29 etiquetas nos trajo el eco de vides que crecen mirando al sol del sur. En el Pabellón del Vino, el tiempo se detuvo. Brett Anderson nos narró la historia de CW Wines como si hablara de una epopeya. Francisco Salas, ese alquimista del gusto, guió nuestras bocas por caminos que sabían a Shiraz, Tempranillo, Grenache. Fue más que una cata, fue un viaje sensorial, un poema líquido.
La Expo fue también una danza de conocimiento: 21 ponencias que destilaron sabiduría, 21 demostraciones de cocina que encendieron fuegos internos, 18 catas-maridaje que unieron mundos. Más de 200 profesionales regalaron su tiempo y su pasión, creando un tapiz viviente donde cada hilo contaba una historia.
Aún llevo en el paladar la memoria de una salsa desconocida, en los oídos la risa de un joven cocinero que descubría su vocación, en los ojos el fulgor de un platillo perfectamente emplatado.