
Como una joya escondida entre la espesura viva de la Riviera Maya, Maroma, a Belmond Hotel es un santuario se reveló ante mis ojos como un suspiro antiguo, un poema escrito por la selva, el mar y el alma…
Desde el primer instante, sentí que cruzaba un umbral invisible. La brisa hablaba en maya, las hojas danzaban al ritmo de una música ancestral, y el cielo —ese azul profundo que solo existe en los sueños— me envolvía con una promesa: la de volver a mí misma.

Caminar por Maroma es como andar por un laberinto encantado, donde cada rincón revela una historia y cada mirada se cruza con la belleza indomable de lo natural. No hay prisa, no hay ruido, solo un silencio pleno que respira contigo. Todo en este espacio vibra con una energía sagrada, como si la tierra misma estuviera viva bajo tus pies descalzos.
El alma de Maroma se manifiesta en su spa, un templo tallado en calma, donde Guerlain y la sabiduría maya se funden en un mismo susurro. Allí, entre aromas de copal y manos que curan, me entregué al arte de renacer. Sentí que cada masaje era un rito de regreso, un llamado suave a lo esencial. El cuerpo descansa, sí, pero es el espíritu quien despierta.
Y luego está el fuego… no el que quema, sino el que alimenta. La cocina en Maroma, a Belmond Hotel, celebra el alma de México. Cada platillo es una ceremonia de sabores que cuentan historias de tierra y mar, de abuelas y pescadores, de huertos cercanos y brasas que respetan los tiempos del alma. En Woodend by Curtis Stone, el fuego baila con la sal del mar y los perfumes del Caribe. Aquí, comer es rendirse a la gratitud

En Maroma, a Belmond Hotel, mi perrita Yuki fue tratada como una reina maya con corona invisible. Desde nuestra llegada, fue recibida con una dulzura que enterneció hasta las palmeras: una camita suave como nube caribeña la esperaba en la habitación, junto a un pastelito artesanal con su nombre escrito como si fuera un poema. Yuki disfrutó de un menú diseñado especialmente para ella, con ingredientes frescos y saludables, servido con el mismo cuidado que un platillo gourmet. Verla correr por los jardines, feliz, libre y mimada, fue una de las experiencias más entrañables del viaje. Maroma no es solo pet-friendly… es pet-adored.
Los colores del lugar son un canto a la alegría: verdes que no sabías que existían, rojos encendidos que huelen a flor recién abierta, amarillos que se ríen al sol. Todo brilla sin esfuerzo, como si el mundo hubiera sido creado en ese instante, solo para ti. Maroma, a Belmond Hotel es un respiro largo y profundo, un acto de amor a lo que somos cuando nos despojamos de todo.
