
En OMA, dentro de Four Seasons Hotel Mexico City, el placer de la cocina japonesa se descubre a través de los pequeños detalles: la frescura de un pescado, la temperatura precisa del arroz, el equilibrio entre acidez y textura, la sutileza de una hoja de shiso. En mi visita, conocí la propuesta en esta nueva etapa con el chef Claude al frente de la cocina, una experiencia que me llevó a recorrer distintos matices del sushi y a reencontrarme con esa sensibilidad japonesa que encuentra su fuerza en la precisión y la armonía.
Comencé con un sashimi de salmón fresco, una preparación que permite apreciar el ingrediente en su expresión más pura. La textura delicada y la frescura del pescado marcaron el tono de la comida, recordándome que en la cocina japonesa la sencillez exige una atención extraordinaria. Cada elemento tiene un propósito y cada corte revela una parte esencial del producto, sin necesidad de distraer al paladar de lo verdaderamente importante.

Entre los siguientes bocados, el futomaki ofreció una composición llena de matices. La anguila, el kampyo, el shiitake, el tamago y el pepino se reunieron en un rollo donde las texturas y los sabores encontraron su equilibrio, acompañados de wasabi, shiso y salsa de anguila. La riqueza de esta última se integraba con los ingredientes, mientras el pepino aportaba frescura y el shiso dejaba una nota aromática que prolongaba el sabor. Fue un bocado complejo y generoso, de esos que invitan a detenerse para descubrir cómo cada ingrediente transforma al conjunto.
El torotaku llevó la experiencia hacia una expresión más intensa y profundamente ligada al sabor del atún. Preparado con o-toro, chutoro, wasabi, takuan y shiso, reunía distintas texturas y matices de uno de los pescados más apreciados de la gastronomía japonesa. La untuosidad del atún encontraba contraste en el carácter crujiente y ligeramente encurtido del takuan, mientras el wasabi aportaba un acento preciso. Me gusta cuando una preparación consigue ser delicada y contundente al mismo tiempo, y este sushi tenía precisamente esa cualidad.
El shiro yuzu roll ofreció un registro distinto, luminoso y fresco, gracias a la pesca blanca de temporada, acompañada de wasabi, shiso, ajonjolí y yuzukosho. Los cítricos y el picor sutil de este último ingrediente aportaban vitalidad al pescado, mientras el ajonjolí sumaba una textura discreta. Fue un contraste delicioso frente a la intensidad del torotaku: dos formas de entender el sushi, una más profunda y untuosa, otra fresca y aromática, unidas por la precisión de sus ingredientes.
La experiencia continuó con té matcha, cuyo carácter vegetal y ligeramente amargo invitaba a bajar el ritmo y prolongar el momento. Después, el helado de matcha retomó esos mismos matices en una versión cremosa y delicada, con un equilibrio que me pareció ideal para cerrar la comida. El matcha tiene una personalidad inconfundible: su intensidad es serena, su dulzor permanece contenido y su sabor deja una impresión persistente, elegante y reconfortante.
Mi visita a OMA fue un recordatorio de que la cocina japonesa encuentra su mayor encanto en el equilibrio. Desde la pureza del sashimi hasta la riqueza del torotaku, pasando por la frescura del shiro yuzu roll y el ritual del matcha, cada preparación ofreció una manera distinta de disfrutar el producto y sus matices. Con el chef Claude iniciando esta nueva etapa, OMA invita a regresar a la mesa con curiosidad, a descubrir sus sabores con atención y a encontrar en cada bocado ese placer discreto que convierte una comida en una experiencia memorable.

Discover more from Blog de Deby Beard
Subscribe to get the latest posts sent to your email.