
Una copa de vino puede ser también un territorio. Puede hablar de tierra, clima, tradición y de las personas que han aprendido a interpretar un paisaje a través de la uva. Esa fue la conversación que se vivió en el 9º Festín de Comida Mexicana y Vinos de Rioja, un encuentro organizado por la Denominación de Origen Calificada Rioja que reunió en Ciudad de México a profesionales y amantes de la gastronomía para descubrir qué sucede cuando dos culturas con una profunda pasión por la mesa se encuentran.

Durante la velada, el sommelier Iván Misael Galván condujo un recorrido por Rioja a través de más de 38 etiquetas. La cata permitió descubrir una denominación mucho más diversa de lo que a veces imaginamos: blancos, rosados y tintos; vinos jóvenes y expresiones con crianza; etiquetas elaboradas con variedades emblemáticas como Tempranillo y Viura, pero también con uvas autóctonas como Graciano, Maturana y Tempranillo Blanco.
Detrás de esa diversidad existe un territorio igualmente complejo. Rioja Alta, Rioja Alavesa y Rioja Oriental aportan diferentes paisajes, suelos y condiciones climáticas, creando una variedad de estilos que difícilmente puede resumirse en una sola expresión de Rioja.
Personalmente, una de las cosas que más disfruté de la noche fue precisamente la posibilidad de probar Rioja desde una perspectiva diferente. Más que concentrarme en una sola etiqueta, fui descubriendo cómo cambiaba cada vino cuando llegaba a la mesa acompañado de sabores mexicanos.
Entre copas, conversaciones y diferentes preparaciones, la experiencia se convirtió en un pequeño viaje por España sin salir de México. Cada nuevo vino despertaba una sensación distinta y me hizo recordar que una misma denominación puede tener muchísimas personalidades.
El diálogo comenzó al llevar estos vinos a la mesa mexicana. Frente a ingredientes como el chile, el mole, el achiote, el huitlacoche, los cítricos, las especias y los frutos secos, quedó demostrado que el maridaje no tiene por qué seguir fórmulas rígidas.
Un vino puede aportar frescura a un platillo intenso, equilibrar el picante, acompañar una salsa especiada o crear un contraste completamente inesperado. La acidez, la textura, los aromas y la estructura se convierten en herramientas para construir diferentes experiencias alrededor de un mismo plato.
El encuentro también permitió acercarse a la transformación que vive actualmente Rioja. Conceptos como los Vinos de Pueblo, la recuperación de variedades autóctonas y el trabajo de pequeñas bodegas familiares forman parte de una búsqueda por expresar con mayor precisión el origen.

Es una evolución interesante para una denominación con una historia tan profunda. La tradición permanece, pero ya no significa quedarse inmóvil. Rioja está explorando nuevos estilos y nuevas maneras de comunicar la identidad de sus territorios, mientras conserva los elementos que la han convertido en una de las regiones vinícolas más reconocidas de España.
El 9º Festín de Comida Mexicana y Vinos de Rioja dejó una idea clara: conocer una región vinícola también significa comprender su evolución. Rioja es paisaje, tradición y patrimonio, pero también experimentación, diversidad y una mirada hacia el futuro.
México y Rioja comparten algo esencial: una relación profundamente emocional con la comida. En ambos casos, la mesa es un espacio para reunirse, celebrar, conversar y descubrir.

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